Chile: Del declive progresivo al progreso reaccionario – El informante

Todo indica que Chile será gobernado en los próximos cuatro años por una coalición de partidos de derecha, liderada por una de sus facciones más extremas, con José Antonio Casta a la cabeza. Esa derecha -el pinochetismo- existe en el país desde hace décadas, pero por primera vez llegará al poder mediante elecciones, con el apoyo del sector popular y en un contexto internacional marcado por el avance global de las fuerzas de extrema derecha.

Los resultados de las elecciones del domingo 16 de noviembre muestran claramente la magnitud de la victoria de la derecha. En la elección presidencial, el bloque alcanzó el 50,3% de los votos, distribuidos entre José Antonio Casto (23,9%, Partido Republicano), Johannes Kaiser (13,9%, Partido Nacional Liberal) y Evelyn Matthei (12,5%, Chile Vamos).

Al mismo tiempo, la derecha está consolidando su mayoría en el Congreso. De los 155 escaños de la Cámara de Representantes, el sector ya alineado en torno a Casta obtiene 76, frente a 64 de la izquierda y el centro izquierda. En el Senado, el bloque ocupa la mitad de los escaños.

Si se tiene en cuenta que el Partido Popular (PDG) obtuvo 14 escaños en la Cámara, todo indica que la derecha en el Gobierno podrá articular una mayoría parlamentaria capaz de alcanzar incluso los 4/7 necesarios para impulsar las reformas constitucionales.

En este contexto, la derecha tradicional -Unión Demócrata Independiente, Renovación Nacional y Evópoli, agrupados en la coalición Vamos de Chile- termina alineándose detrás de Casta luego de una disputa interna por el liderazgo del sector y luego de sufrir una importante derrota. Su candidato presidencial quedó en quinto lugar, por debajo de todos los demás candidatos de derecha; El bloque pasó de 12 a 5 escaños en el Senado y de 52 a 23 escaños en la Cámara de Representantes, y uno de los partidos de la coalición fue disuelto.

Lejos de cualquier política de «cordón sanitario» –como la que siguen los sectores liberal-conservadores en otros países para aislar a la extrema derecha– en Chile, la derecha tradicional mantiene vínculos históricos y orgánicos con el pinochetismo. Esa conexión explica su rápida subordinación al liderazgo de Kast en el ciclo inicial.

Por su parte, la candidata oficial Jeannette Jara -del Partido Comunista y postulada por el pacto Unidad por Chile- ganó por una estrecha mayoría en una campaña que, si bien fue la única candidata progresista, no fue de izquierda. El 26,7% obtenido estuvo por debajo de las expectativas alcanzadas por su liderazgo como ministra de Trabajo e incluso por debajo del 38% que apoyó la propuesta constitucional a partir de 2022.

Es cierto que Jara enfrentó un escenario desfavorable: una situación internacional desfavorable, el desgaste de su cargo oficial en un momento de oposición generalizada y el peso de una narrativa anticomunista efectiva. Pero también es cierto que ni el Gobierno ni el candidato han desarrollado una política encaminada al enfrentamiento con la extrema derecha. Por el contrario, en áreas sensibles como migración y seguridad, decidieron apropiarse de parte de la narrativa y el programa de sus oponentes. La candidata tampoco buscó diferenciarse del persistente consenso neoliberal asumido por todas las fuerzas institucionales desde la derrota de la propuesta constitucional en octubre de 2022, empezando por el propio gobierno de Borić. Esta es una de las expresiones más claras del progreso de la extrema derecha: no sólo convence al electorado, sino que también logra imponer su agenda política de manera transversal.

La sorpresa en la primera vuelta presidencial fue el 19,7% obtenido por Franco Parisi, el candidato del PDG, un partido que desafía las aspiraciones del sector medio con una combinación de populismo monetario, xenofobia titulizada y retórica criptodigital contra la corrupción y privilegios funcionarios públicos. Aunque todas las encuestas lo sitúan en quinto lugar, terminó en tercer lugar, por delante de Kaiser y Matthei. En su tercera candidatura presidencial, Parisi triplicó sus votos en 2021 y obtuvo su primera mayoría en cuatro regiones del gran norte, una zona minera clave y marcada por una agenda antimigratoria transversal dada la ubicación fronteriza por la que entran inmigrantes procedentes del resto del continente. Parisi se convierte así en el principal banco de votos que Jeannette Jara intentará conseguir, como lo señaló explícitamente en su discurso de la tarde del domingo 16.

Los primeros análisis muestran una clara división territorial de los votos. Un informe del centro de estudios Faro UDD señala que Parisi triunfa en minero del norte (regiones de Arica, Tarapacá, Antofagasta y Atacama), Jara obtiene la mayoría en Chile central metropolitano (Región Metropolitana y Valparaíso, además del extremo sur de Aysén y Magallanes) y Kast domina en zona agrícola del sur (O’Higgins, Maule, Ñuble, Biobío, Araucanía, Los Ríos y Los Lagos).

Esta fragmentación también es socioeconómica. Un hecho particularmente crítico para la candidata oficial es que su desempeño en las comunidades de bajos y medianos ingresos fue peor que en las de altos ingresos, una tendencia inversa en comparación con Kast, cuyo voto aumenta en las comunidades de bajos ingresos y cae en las más ricas. Estas diferencias son aún más significativas si se tiene en cuenta que se trataron de elecciones con voto obligatorio y una participación del 85% de los electores, la más alta desde 1989.

Otro dato relevante para el escenario que se abre hacia la segunda vuelta y el próximo gobierno es que de los 25 partidos que estaban legalmente constituidos al momento de la elección, 14 son disueltos en base a la Ley de Partidos Políticos, que exige un mínimo del 5% de los votos en las últimas elecciones de diputados o, alternativamente, obtener al menos cuatro diputados parlamentarios en dos regiones diferentes. De esos 14 partidos que desaparecen, 8 son de izquierda, 4 de centro y 2 de derecha. El resultado es sorprendente: después de estas elecciones, todos los partidos de izquierda fuera de la coalición gobernante fueron legalmente disueltos. Una de las causas de esta debacle es la imposibilidad de construir una lista unitaria en el sistema electoral -basado en el método D’Hondt- que premie los pactos y castigue severamente la dispersión, ya que las listas con mayor número de votos llevan candidaturas que, incluso con igual o mayor riqueza individual, quedan fuera si compiten de forma aislada.

Los procesos políticos -incluidos los electorales- tienen un impacto directo en las emociones colectivas, y hoy este impacto se expresa en un fuerte desaliento dentro de las fuerzas de izquierda. También sabemos que el ascenso social y electoral de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente chileno. En la región pasó con Bolsonaro en Brasil, está pasando con Miley en Argentina y en Estados Unidos con Trump. Este presente requiere aprender de las experiencias del pueblo y de la izquierda que ya pasaron por los avances reaccionarios del gobierno. No todos los caminos son iguales, pero el diálogo internacionalista es una condición necesaria para comprender las tareas que se plantean en el próximo ciclo político y en el escenario de gobierno más probable.

En el futuro inmediato, antes de la segunda vuelta presidencial del 14 de diciembre, vale la pena preguntarse si el margen por el cual Kast puede prevalecer es indiferente o no. Llamar a votar por Jara implica explicar por qué hacerlo aunque se sea profundamente crítico con ella y su sector, y por qué hacerlo aun sabiendo que es una elección que probablemente se perderá. No es tan difícil: después de todo, las políticas de transformación radical casi nunca comienzan en condiciones favorables y, sin embargo, persistimos en ellas.

La primera tarea política en este momento es la implementación de una pedagogía antifascista que reafirme la importancia de invertir toda nuestra energía vital en evitar que la versión más extrema del programa de explotación se imponga sin contrapeso y sin resistencia. Es esencial que aquellos que hoy se sienten desanimados puedan reunirse intencionalmente nuevamente en una reflexión común y llamar a una organización y movilización continua. Para construir una oposición de base amplia a un futuro gobierno de extrema derecha, no importa cómo se pierda: hay que perder con la frente en alto y con la mayor claridad estratégica posible.

La recuperación de nuestras fuerzas y la construcción de una respuesta a la crisis desde el punto de vista de la clase trabajadora -en contraposición tanto al fascismo fortalecido como al progresismo en quiebra- requerirá un trabajo programático serio, que debe desarrollarse dentro de la acción colectiva de los movimientos populares, y no sólo en los think tanks progresistas o en las bancadas parlamentarias de oposición. Frente a la agenda conservadora, autoritaria, nacionalista, patriarcal y capitalista de la derecha chilena, los movimientos populares tendrán la responsabilidad de convertirse en la primera línea de defensa y la trinchera principal desde la cual organizar una contraofensiva.

29.11.2025

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