El humor es para Trump el arma del terror – El informante

Tiene razón su colega Marta García Aller cuando destaca la astucia con la que Donald Trump convierte el humor en un instrumento político de intimidación y prospección. Se trata de soltar un chiste, hacer explotar un artefacto loco y luego convertirlo en un objetivo. Sucede cuando entrega a los invitados de la Casa Blanca las banderas electorales de Trump 2028. Y ha ocurrido ahora, con motivo del primer mes que «celebra» el secuestro de Maduro. Trump ha dicho «en broma» que Venezuela va a convertirse en el estado número 53 de Estados Unidos, pero lo más interesante de la broma es que en el mismo comunicado certifica las aspiraciones de incluir a Canadá (51) y Groenlandia (52).

Es decir, el chiste ya no está en prolongar, jajajaja, el expansionismo hacia el Caribe, sino en haber consolidado la anexión de las fronteras del norte. Ya no es broma que Canadá y Groenlandia hayan sido incorporados a la bandera. Tampoco la «invasión» de Venezuela será pronto una broma. Tampoco lo será si el presidente americano cambia las reglas del juego –ya veremos cómo– para repetir su candidatura en 2028 a pesar de los impedimentos.

Desde el primer momento en que Trump entró en política convirtió el humor en un arma ofensiva. Y lo hizo con una precisión y una audacia que ha confundido a sus adversarios y ha redefinido lo que hoy entendemos como humor político. Cuando Trump dice un chiste está activando un mecanismo donde la risa, la sorpresa y la provocación comienzan a funcionar como vectores de influencia. Se lanza una frase aparentemente absurda para captar la atención y luego, cuando se encapsula la atención, la frase comienza a actuar como si fuera una declaración política legítima, un plan o una aspiración realista. Del humor al terror.

La estrategia ha sido canonizada como el juego oscuro, un juego oscuro que desdibuja la frontera de la ambigüedad. La idea es decir algo tan excesivo que, si provoca rechazo, siempre pueda refugiarse en “fue una broma”, pero que, si prende, ya esté inoculado en el imaginario colectivo. El humor como prueba de la realidad, como camino de exploración.

Trump no inventa el chiste político. Lo que hace es cambiar su función. Antes, el humor servía para pinchar el poder desde fuera. Ahora lo ejerce el poder desde dentro. Por eso su humor no busca el consenso sino la fricción. Cuando Trump hace una broma no espera el aplauso universal. Espere titulares, memes, reuniones escandalizadas, desmentidos solemnes. Todo eso es parte del proceso. Cada respuesta literal a un chiste es una victoria. Cada editorial indignado confirma que él ha fijado el marco.

En este sentido, el humor de Trump funciona como escudo y espada. Escudo, porque le permite eludir la responsabilidad directa: «Sólo estaba bromeando». Espada, porque deja al oponente atrapado en un dilema imposible: o se ríe (y normaliza la idea) o se indigna (y la amplifica). El chiste es un truco retórico. Y casi siempre cierra del mismo lado. Trump no compite en el campo de la argumentación, sino en el de la «memorabilidad». No quiere convencer con razones, sino instalar marcos mentales. Y el humor es el atajo perfecto. De ahí que su humor sea deliberadamente poco sofisticado, poco elegante e incluso grosero. No busca la risa culta ni la fina ironía. Busque reconocimiento inmediato. El «cualquiera diría esto». El humor del bar, del decorado, del estadio. No el humor que se observa desde arriba, sino el humor que se ríe con alguien y de los demás al mismo tiempo. Humor tribal. Humor identitario.

Cuando bromea sobre la anexión de territorios no propone una política exterior concreta. Es hacer algo tan efectivo como desensibilizar. Está entrenando al público para que acepte como discutible lo que antes era impensable. Hoy es una broma. Mañana es una exageración. Pasado mañana, una hipótesis. Y al final, una propuesta que ya no suena tan extravagante porque hace tiempo que circula en forma de risas. Esto explica también el persistente error de muchos medios: tomar el humor de Trump como un defecto, como una falta de seriedad, como un síntoma de incompetencia. En realidad, es una ventaja estratégica. El humor atrae, moviliza, cohesiona y protege. Y, sobre todo, desarma al adversario que sigue esperando solemnidad donde sólo hay provocación calculada. Trump no quiere parecer presidencial. Quieres parecer auténtico. Y la autenticidad, hoy, se valora más que la coherencia. El chiste mal dicho, la exageración grosera, el sarcasmo evidente refuerzan la sensación de que no hay filtro, que habla como habla la gente. Aunque esa naturalidad esté diseñada milimétricamente. Por eso el humor trumpiano no es un exceso. Es el centro. No acompaña a la política: la reemplaza. La política ya no se articula en programas, sino en gestos, en frases virales, sino en chistes que funcionan como contratos emocionales con su electorado.

La «riviera de Gaza», por ejemplo, nació como una provocación grotesca, casi como un chiste inmobiliario de sobremesa (la Franja convertida en destino turístico, el horror reciclado en resort) y, sin embargo, ese sarcasmo encapsulaba una idea muy concreta: la deshumanización del territorio y la naturalización de su reordenamiento desde el exterior. Lo que parecía una boutade revelaba una lógica. Si se puede imaginar a Gaza como un lugar solar, también se puede considerar un proyecto. Si se puede decir en broma, se puede empezar a discutir en serio.

Ahí está la clave. El humor no es un adorno del trumpismo. Es tu gramática. Y quien siga analizándolo como una simple broma seguirá llegando tarde. Porque, cuando el chiste ya ha hecho su trabajo, la realidad suele venir después. Y viceversa.

El ejemplo más inquietante y feroz lo encontramos en la campaña de su primera victoria (2016), cuando dijo que podía disparar a la gente en la Quinta Avenida y no pasaría nada. La boutade fue una premonición de los escuadrones de la muerte que ahora patrullan los estados demócratas para cazar humanos.

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