Latinoamérica comienza 2026 con una economía que crece a un ritmo insuficiente para cerrar brechas históricas. Según las estimaciones del Banco Mundial, la región crecería alrededor de un 2,3%, una cifra inferior al promedio mundial y muy lejos del dinamismo que mostrarían AsiaPacífico o África subsahariana, con tasas entre el 4% y el 6%.
Aunque no implica una crisis inmediata, sí es una pérdida de peso relativo a la economía global. La región avanza más lento que el resto del mundo. Se amplía la distancia con economías que están siendo más dinámicas. Se reduce la capacidad de incidencia económica y geopolítica.
Y puede que parezca un problema a gran escala, pero tiene implicaciones en la vida cotidiana de los habitantes de la región, porque menos crecimiento se traduce en menor creación de empleo formal y servicios públicos condicionados por restricciones fiscales.
«La vida cotidiana no empeora de forma abrupta, pero se consolida una sensación de estancamiento prolongado, donde las oportunidades dependen más del esfuerzo individual que del contexto económico general», explica Ignacio De Angelis, vicedecano y docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Internacional de Valencia – VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades.
Ahora atravesamos un momento donde la disciplina fiscal es uno de los ejes de la política económica. Un crecimiento bajo como el proyectado por el Banco Mundial refuerza una dinámica de parálisis, creando una percepción de inmovilidad que impacta en expectativas, consumo, inversión y cohesión social.
Pero siempre hay oportunidades. Según subraya el experto de VIU, existen sectores con potencial de crecimiento, como el de la energía, minerales críticos, agroindustria, servicios basados en conocimiento y transmisión verde, que se ven beneficiadas por demandas globales.
Sin embargo, su impacto real dependerá de la capacidad de los países para evitar modelos ctivos aislados y promover encadenamientos productivos, transferencia tecnológica y mayor valor agregado local.
El principal riesgo, advierte De Angelis, es normalizar el bajo crecimiento mientras el mundo se mueve con tal rapidez, porque profundiza la informalidad, limita la inversión tanto en grandes proyectos como en pequeñas y medianas industrias, tensiona las finanzas públicas y refuerza el dilema entre disciplina fiscal y legitimidad social.
«El rezago relativo frente a otras regiones alimenta frustración social y reduce la capacidad de los Estados para sostener políticas de largo plazo», señala el vocero de VIU. «La región enfrenta el riesgo de quedar atrapada en un equilibrio de bajo crecimiento, con economías que funcionan pero no transforman».
Por eso se deben aprovechar las oportunidades que llegue a ofrecer el contexto internacional. Y los gobiernos deben estar muy atentos a ellas. La reconfiguración del comercio global, marcada por tensiones geopolíticas y por la reorganización de cadenas de suministro en torno a círculos de confianza, obliga a una diplomacia económica más activa.
Para América Latina, esto implica diversificar vínculos más allá de los socios tradicionales y fortalecer relaciones con la Unión Europea, India y AsiaPacífico, que hoy es el principal centro dinámico de la economía mundial.
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