El camino de Colombia hacia el progresismo – El informante

Faltan poco menos de seis meses para el final del primer gobierno de izquierda de la historia colombiana, ese que llegó lleno de ilusiones y esperanzas y que, pese a todo, cumplió su principal promesa: Colombia ha cambiado. Podemos diferir en qué grado y en qué sentido, pero desde que cambió, ha cambiado.

Ha habido importantes avances que coexisten con áreas grises y expectativas aún incumplidas, que requieren una evaluación moderada de cara a los desafíos electorales que se avecinan. Tarde o temprano, las generaciones venideras contemplarán estos años como contemplan Der Wanderer de Friedrich; y habrá mucha gente que lo haga con Frank saudade, si se me permite tomar prestado el portugués.

Pero ahora lo que corresponde en este momento es reflexionar sobre lo hecho y lo que está por venir. La izquierda colombiana debe evaluarse a sí misma honestamente, en términos de mirar retrospectivamente lo que se ha hecho, recordar lo que fue antes y quién será en los años venideros, no sólo para ajustar su narrativa, sino también su estrategia de cara al futuro.

El texto sugiere una reflexión estratégica sobre esta primera experiencia de gobierno progresista, pensando en cómo convertir un punto de inflexión histórico en una mayoría duradera. Esto plantea tres tensiones que se cruzan: la fragilidad de la comunicación para traducir los logros en sentido común; la “doble revolución” que expone el conflicto entre el horizonte transformador y la capacidad real del Estado; y el límite de lo simbólico cuando no se traduce en resultados. El cierre aporta esas lecciones a la disputa de 2026 para ampliar la base sin diluir el propósito transformador.

Comunicaciones:
pata de mesa coja

Piense en un atleta que bate un récord o en un investigador que escribe un artículo basándose en sus hallazgos. Lo que se espera es la difusión del logro, por su importancia y el reconocimiento de que lo has conseguido. Algo similar está sucediendo con el gobierno, pero a una escala mucho mayor.

Aquí podría aparecer una larga lista de hitos de la administración de Peter: el Partido Laborista, que combina un salario digno, la tasa de desempleo más baja del siglo XXI y reformas; más de 2,6 millones de hectáreas gestionadas para la reforma agraria; gratuidad de la educación superior y reforma de los artículos 86 y 87 de la Ley 30; reducir la pobreza a mínimos históricos; prohibición de la explotación y extracción a gran escala de hidrocarburos en la Amazonía, etc.

Sin embargo, muchos de estos acontecimientos se ven ensombrecidos por una frágil estrategia de comunicación y relaciones fallidas con los medios. Es cierto que el ecosistema mediático y el establishment hicieron todo lo posible para distraer al gobierno en la disputa sobre el significado, pero esto no es algo que comenzó el 7 de agosto de 2022, sino un hecho conocido a priori que podría haber tenido un enfoque diferente.

Al respecto, tres ejemplos: Primero, al menos ocho personas ocupaban el cargo de secretaria de prensa de la Presidencia, lo que impidió la continuidad de las estrategias y la unificación de mensajes del poder ejecutivo. En segundo lugar, la ausencia de un portavoz convirtió al presidente en el principal comunicador de su gobierno, cuyo estilo de confrontación –justificado o no– redujo el margen para romper el cerco mediático. Y en tercer lugar, las deficiencias en la agenda política, por lo que el Consejo de Estado, pese a las buenas intenciones de democratizar la comunicación, suspendió la medida y las alternativas digitales no se consolidaron como herramienta de disputa hegemónica como se pretendía.

La comunicación es la regla, y la falta de «amén» en los principales medios de comunicación es un gran desafío para convertir los logros en sentido común. El gobierno ha demostrado que la claridad política y las grandes acciones no son suficientes para seducir a todo el país; Deben ir acompañados de un ejercicio de conectividad directa y una estrategia coherente en un ecosistema de hiperconectividad, polarización y fatiga política.

Se necesitan estrategias aéreas y terrestres para llegar al 45 por ciento de la población que ve la televisión abierta, a las 6 de cada 10 personas que escuchan la radio todos los días, a los millones que utilizan las redes sociales y a la población que se beneficia directamente con las acciones. Pero ojo, no sólo el gobierno juega un papel en este esfuerzo, sino también otras figuras, líderes y activistas del proyecto.

Una revolución en dos etapas

El balance del gobierno puede leerse como una revolución en dos etapas. El primer período es un período de conquista política, ese momento de alegría y esperanza en el que se abre la puerta del poder a un proyecto históricamente marginado. Y el segundo es el ejercicio del poder a través de un marco institucional diseñado también para otras élites. En esta transición, del movimiento a la gobernanza, surgen tensiones entre promesa y posibilidad, entre deseo y capacidad, entre urgencia transformadora y ritmos administrativos.

Esta transición se está produciendo en un país que ha estado durante mucho tiempo bajo el control de unos pocos que distribuyeron el Estado, la tierra y la riqueza, dejando a la mayoría de la población en condiciones precarias. Toda alternativa política fue perseguida y, en el peor de los casos, destruida. Pese a todo, después de años de lucha y movilización, con la desestigmatización que trajo el Acuerdo de Paz, la izquierda logró llegar a la presidencia.

Una frase recurrente después de las elecciones fue que alcanzar el poder no es lo mismo que ganarlo. Y sí, el progresismo no heredó un Estado neutral, sino una red de reglas, inercia, burocracia, red política y judicialización cuya lógica nunca tuvo como objetivo permitir un programa reformista, sino más bien ser un filtro que selecciona qué cambios pasan y cuáles se detienen. Por esta razón, la distancia entre la acción y la posibilidad real no es una anécdota, sino un conflicto esencial que ha mantenido al gobierno oscilando entre sostener un impulso transformador o moderarse para mantener el gobierno.

Esta oscilación no nació únicamente de nuestros propios errores, aunque hubo algunos. En un principio se buscó una amalgama para ampliar la mayoría, pero la experiencia ha demostrado lo difícil que es mantener ese equilibrio cuando el establishment busca dilución -al principio- y demolición -al final-, mientras sus propios sectores presionan por la pureza y aceleran sin concesiones. En esta tensión, Petro decidió a menudo «ir por todo», lo que le dio agenda y movilización – a diferencia de experiencias que retrocedieron demasiado, como la de Borić en Chile – pero también aumentó los conflictos y multiplicó los frentes que la gestión no siempre pudo absorber, y menos aún con una comunicación «coja».

El gobierno que logró unirlo –y con ello engañar a su pueblo– fue el de AMLO en México, que logró una continuidad narrativa disciplinada, respaldada por la organización, el control de la agenda y la ejecución coherente. Petro se mantuvo en la zona media, con un estilo confrontativo que en varias ocasiones le privó de espacio para reunir una mayoría estable. La lección para el próximo gobierno progresista no es «moderación» o «radicalización», sino sincronizar la narrativa con la capacidad, para que uno no dé diez pasos hacia adelante o hacia atrás, mientras la esperanza se desvanece.

Simbólicamente no es suficiente

El gobierno de Peter abrió la puerta a sujetos y territorios históricamente marginados: incorporó la idea de que el Estado debería mirar las desigualdades cara a cara y tomarlas como un mandato. Pero este giro -valioso en sí mismo y con logros tangibles- ha dejado una tensión: no basta con representar a los sectores marginados o ponerlos en el centro de la historia si las políticas públicas no traducen esa centralidad en cambios tangibles en la vida cotidiana. Dos ejemplos muy claros: las mujeres y el Ministerio de Igualdad.

Para las mujeres no fue un problema cuántos ministerios o altos cargos hay, porque las cuotas iguales están previstas por ley y eso se cumple más o menos; ahora la segunda pregunta es si es necesario revisar la ley. El problema es que han persistido expresiones y prácticas de estigma de género junto con casos, denuncias o acusaciones de acoso y conductas sexualizadas en torno a figuras del aparato estatal. El mensaje que está recibiendo el país es que el símbolo feminista coexiste con las tolerancias prácticas que el progresismo debe abandonar para lograr un cambio real en Colombia.

Por su parte, el Ministerio de Igualdad y Equidad nació como un emblema y una herramienta para llenar vacíos, con decenas de políticas e iniciativas loables, pero su desempeño acabó siendo cuestionado, sobre todo por la ejecución y las tensiones públicas entre el presidente y la vicepresidenta Francia Márquez. Es cierto que establecer una entidad desde cero es complejo y lleva tiempo, pero también es cierto que la promesa de igualdad perdió impulso cuando no logró traducirse en resultados tangibles.

La cuestión aquí es que las buenas intenciones por sí solas no son suficientes, porque simbólicamente sin ejecución termina siendo un compañero político. Tampoco se trata de reducir la ambición o renunciar a la inclusión, pero debemos ser impecables e implacables: la capacidad de traducir intenciones e historias en práctica debe profesionalizarse si la izquierda quiere que su compromiso con la igualdad sea un legado.

De cara a la disputa electoral de 2026

Para volver al punto de partida, Colombia ha cambiado y este será el legado del gobierno de Gustavo Pedro que las generaciones futuras recordarán y discutirán: es la piedra angular del camino colombiano al progresismo, que no es el camino chileno al socialismo de Allende, ni el que eligió MORENA en México para transformar su país. Es su propio camino atravesado por la guerra, la desigualdad, el clientelismo y una esfera pública polarizada y poco acostumbrada al cambio de gobierno.

Por tanto, el cierre del gobierno no es sólo un balance, sino también una disputa sobre el significado de lo sucedido y la posibilidad de continuidad. A poco menos de seis meses del cambio de mando, la cuestión no es si el progresismo continúa, sino si logrará convertir su experiencia gubernamental en mayorías permanentes sin renunciar al horizonte transformador.

En las encuestas, Iván Cepeda lidera con cerca del 30 por ciento, seguido por el candidato de extrema derecha con el 18 por ciento y el candidato de centro con menos del 9 por ciento. A esto se suma una indefinición que supera el 20 por ciento; participación histórica de alrededor del 50 por ciento, y aprobación presidencial de alrededor del 40 por ciento.

Esto sugiere que el progresismo puede ser primero en la primera vuelta, pero si fija su núcleo electoral y no amplía la participación, entra en la segunda vuelta vulnerable a una posible sobrecomposición conservadora detrás de un rival con más posibilidades de derrotar al petrismo. En pocas palabras, el Pacto podría salir caro si no convierte el liderazgo presidencial en una máquina democrática territorial.

Aquí la comunicación deja de ser un adorno y se convierte en una condición de posibilidad: si el Gobierno no siempre ha traducido los logros en sentido común, la campaña no puede repetir el error. El Estilo Colombiano requiere un cambio de una política reactiva a una arquitectura narrativa capaz de sostener una historia simple y verificable en cualquier parte del país. El marco yo-nosotros-ahora sirve como bisagra: qué heredamos, quiénes somos como colectivo y qué hay que hacer para romper las campañas endogámicas e identitarias con el fin de seducir al país nuevamente.

Una revolución en dos etapas puede marcar la campaña, pero como una experiencia de aprendizaje: sincronizar el discurso y la acción para ampliar el apoyo y construir acuerdos que permitan una segunda generación de reformas para que el progreso se sienta en la vida cotidiana de las personas. La autocrítica es necesaria y puede ser la clave para habilitar un nuevo momento, ya no basado en buenas intenciones, sino también con serenidad y solvencia, para reunir a la mayoría democrática y popular en 2026.

Si el camino del progresismo colombiano quiere sobrevivir al fin del gobierno y convertirse en un ciclo histórico, necesita que “toda la izquierda”, sectores sociales liberales, movimientos y organizaciones sociales aparezcan unidos como un frente amplio y plural, capaz de debate interno, pero cerrando filas contra el proyecto autoritario-conservador que ya emerge. El llamado debe incluir a todas las fuerzas del cambio y a aquellos que se fueron decepcionados: es hora de madurez política e incluir algunas de sus críticas. Esto no debilita el progresismo; Al contrario, lo fortalece haciéndolo más representativo de la Colombia diversa en la que vivimos.

*Maestría en Políticas Públicas e Ingeniero Civil. Analista y asesor político.
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