Elecciones 2026: Entre la dispersión organizativa y la consolidación de fuerzas – El informante

Este artículo se enfoca en las distintas perspectivas que, a juicio del autor, asumirán los actores políticos en la disputa electoral del 2026. Para ello, revisa la discusión desde las izquierdas, el centro político y las derechas, así como el surgimiento de nuevos actores nacionales que amenazan con vocalizar la política en esta lógica –por no política– del espectáculo y la violencia como formas de atraer al electorado.

El proceso electoral de 2026 será una elección atípica en múltiples sentidos. En primer lugar, será la prueba para el gobierno nacional, un gobierno que, a pesar de múltiples errores, mantiene un respaldo considerable dentro del electorado y la opinión pública, tal como lo muestran las últimas encuestas. También será la prueba definitiva para la izquierda que, a pesar de las divisiones y tensiones que siempre ha enfrentado, cuenta por primera vez con una base electoral que la convierte, por el momento, en la primera fuerza política del país.

Por otra parte, será una prueba para las derechas, que tendrán que evaluar si el interés de clase está por encima de la lealtad al sistema democrático, y jugarán con cartas que irán desde sectores que representan a la extrema derecha hasta aquellos más cercanos al centro político, entendiendo este último en Colombia como la continuidad sin discusión ni cambios de la institucionalidad construida en los últimos 60 años, incluyendo el Frente Nacional y la Constituyente.

Finalmente, y de manera más compleja en el panorama, será la prueba de la injerencia –o no– de los Estados Unidos en nuestro sistema político, más aún cuando la administración actual de ese país ha tomado la decisión de reincorporar la Doctrina Monroe como clave de relacionamiento de una potencia en decadencia que se retira del orden global y prefiere pasar a un control específico de un área geopolítica. 

Con este margen de análisis y en esta perspectiva, veamos los distintos matices en juego y disputa.

Bloque de gobierno: ¿agrupación de las izquierdas?

Antes de analizar la agrupación de izquierdas, hay que entender que esa amalgama extraña que forma el petrismo tiene muchas más coincidencias con terceras vías, como el peronismo, que con abreviaciones tradicionalmente de izquierdas. Partiendo de esta primera mirada, que de todas maneras tiene sentido pensando en el origen partidario del M-19 en la Alianza Nacional Popular (Anapo), en esta gran coalición de terceras fuerzas se entiende por qué en el Pacto Histórico conviven sectores tan complejos de aceptar para el electorado de izquierda, como lo son las casas electorales regionales provenientes de los partidos Liberal y Conservador, así como expertos en el funcionamiento clientelista del Estado, junto con organizaciones de la izquierda tradicional y movimientos más cercanos al progresismo desde posturas en defensa de las identidades sexuales, el feminismo y la diversidad de posturas basadas en la identidad como criterio ideológico.

Esa amalgama llamada Pacto Histórico, en este momento, ha logrado una serie de hitos importantes en la consolidación de un bloque de izquierdas. En primer lugar, ha logrado consolidar una lista cerrada con paridad, lo cual es un avance significativo para nuestra democracia. De cara al proceso histórico, esta forma de confeccionar las listas debe ser reivindicada como una práctica a asumir por las demás organizaciones. También ha logrado consolidar la concurrencia de procesos internamente democráticos para la selección de las listas al Congreso y la lista presidencial. Esto, que resulta incómodo para otras organizaciones, en realidad obliga por primera vez en décadas –tras los intentos frustrados del anterior Polo Democrático y los intentos democratizadores del Nuevo Liberalismo en la época del finado Galán– a repensar las estructuras políticas del país y a considerar que, en un entorno personalista como el colombiano, es posible contar con un partido político estructural.

Falta ver si esta estructura, primero, es competitiva en la elección nacional y, segundo, si en un escenario convulso –por ejemplo, de convertirse en la principal fuerza de oposición– mantendrá la unidad. Ese reto de la unidad, a posteriori y en la sombra del poder, ha sido difícilmente abordado por otras organizaciones de esta misma consideración, tales como la experiencia de la antigua Alianza País, ahora lista RC (Revolución Ciudadana) en Ecuador, donde, tras las elecciones, sobre todo las candidaturas provenientes de sectores políticos tradicionales rompen la coalición y prefieren unirse al bando ganador.

En tercer lugar, es de destacar la disciplina partidaria que hace que la segunda candidatura más votada en la consulta se convierta en la cabeza de lista. Esto, que parece menor, es fundamental para asegurar la continuidad de los esfuerzos de las candidaturas derrotadas. Basta pensar en la experiencia anterior de la consulta del centro, en donde Fajardo no contó con el respaldo de sus demás partícipes de la primaria, dejándolo con una votación incluso inferior a la que había obtenido en la primaria del centro. Razón por la cual, actualmente, Fajardo decide no arriesgarse a someterse a este tipo de mecanismos que le han resultado débiles.

No obstante estos avances, el Pacto se enfrenta a la tendencia personalista que recorre las fuerzas políticas del país. Es por esto que organizaciones minoritarias prefirieron, ante la imposibilidad de competir en una primaria, arriesgarse a ir tras la sombra de una figura política nacional, como lo hizo Roy Barreras con su lista de Unitarios. Un cálculo poco inteligente, dado que, si no cuentas con los votos suficientes para competir en una primaria, ¿qué hace pensar que conseguirás los votos suficientes para pasar el umbral? Lo mismo ocurre con la lista de Caicedo, lista que ya en 2022 desperdició más de 500.000 votos que no le alcanzaron para pasar el umbral

Ambas fuerzas, ante la imposibilidad de conseguir candidaturas fuertes, operaron durante un tiempo buscando a los y las inconformes con los resultados electorales de la primaria del Pacto, acto desleal que además marca un poco las expectativas de lo que ocurrirá en las elecciones de marzo. La fragmentación de listas no beneficiará a las fuerzas minoritarias, que difícilmente podrán pasar el umbral, y más bien es un reflejo del interés de un sistema personalista por mantener estructuras clientelares, dado que la dispersión debilita a las fuerzas democráticas y pone el peso en la capacidad de mover votos de manera personal. Habrá que ver si en 2026 la tendencia será la misma que en 2022, cuando el desperdicio de votos con la lista de Caicedo terminó en la pérdida de más de tres curules que hubieran permitido al Pacto convertirse en la principal fuerza política del país.

Bloque de centro: a la expectativa de una nueva “ola”

Dentro del bloque de centro existe un amplio espectro de candidaturas que van desde aquellas que fluctúan entre el centroizquierda y la centroderecha, hasta candidaturas que realmente representan una derecha democrática y leal a los procesos institucionales, pero que, en un contexto como el nuestro, de alta polarización, convierten el respeto a las instituciones en una postura institucional de centro.

En este abanico de opciones, lo único que unifica es, por un lado, el interés de contrastar con la administración actual, no solo en el contenido de fondo sobre sus políticas, sino, sobre todo, en la forma: la manera en que una figura como Gustavo Petro ha sido incapaz de leer los lenguajes que la institucionalidad necesita, pues a pesar de tener comportamientos que acercan la política a la ciudadanía, también se requería mantener ese aspecto o esa magistratura institucional que el poder en un sistema presidencial exige, sin importar la figura que esté al mando.

Así, en los espacios del centro, la discusión se enfoca en particular en recuperar las formas del poder, de alguna manera vinculadas a la idea de la tecnocracia como un mecanismo de toma de decisiones, frente a la percepción de desorden de la administración actual. En un último nivel, aparece la idea de construir un discurso unificado sin decir a quién se quiere unificar ni con quién se quiere dialogar.

En este margen, obviamente, hay algunos reclamos tradicionales entendibles, como el de la seguridad, que vuelve –debido a las transformaciones de las dinámicas conflictivas– a convertirse en un eje de la discusión política. Pero, en este amplio espectro, la expectativa no está en la propuesta efectiva de puntos para acceder al poder, sino en la idea de una silenciosa mayoría que desea una transformación de la política sin transformar ninguna situación: una nueva ola verde de democracia sin discutir qué entendemos por democratización. De allí que su actitud, hasta ahora, sea la de mantener una distancia de las discusiones nacionales, esperando, en la prudencia, capturar esas mayorías percibidas como silenciosas.

Bloque de derechas tradicionales: la disputa de los egos en el margen de error

Los sectores tradicionales, alejados hace rato de la discusión presidencial, se conforman con convertirse en aquello que en algún momento fue el lema del Partido Conservador: ser la fuerza que decide, ese último impulso que, en una disputada segunda vuelta, se convierte en la alianza necesaria para cerrar un pacto político. De allí que, más que proponer opciones nacionales, se propongan como grandes patriarcas generadores de espacios de diálogo, concertación y búsqueda de unidad.

Por eso se reúnen, como ya lo hicieron Gaviria y Uribe en sus fincas o en sus clubes, planeando no la postura de un proceso democrático, sino cómo negociar lo que es de interés para estas fuerzas: el control de ministerios, el control del legislativo, el control, al final, de la agenda política nacional. De allí que su única propuesta sea la oposición directa al gobierno nacional, más no la postura de una propuesta sobre el entorno colombiano, una propuesta de respuesta a una sociedad que se ha transformado, ya no solo desde la Constitución del 91, sino también desde las épocas de la disputa por la hegemonía liberal entre Gaviria y Uribe.

De allí que los otrora partidos tradicionales, en vez de proponer candidaturas para la presidencia, se conformen con mantener, a través del control del legislativo, unas estructuras subnacionales clientelares fundamentales. Aunque, cada vez más, ese poder sea disputado por parte de las gobernaciones, que juegan el mismo rol de lo tradicional, elucubrando sus fuerzas desde las regiones, debido al cada vez mayor peso de los recursos subnacionales en la elección de las bancadas legislativas.

Quizás el único tradicional remanente con poder es Uribe, quien, con su sistema de opacas encuestas, logra mantener su capacidad de articular a las derechas con su capital político remanente. Pinzón y Valencia esperan pacientes las jugadas que en la hacienda se toman, mientras que sin su guiño se ahogan las ambiciones de Cabal y Dávila. Lo cierto es que la unción de su dedo, en consulta o en encuesta interpartidaria definirá una de las candidaturas con mayores posibilidades de diputar el poder. 

Los casos atípicos

Producto de los caprichos de las autoridades de la justicia electoral nacional, existe ahora una alta variedad de organizaciones políticas minoritarias: reinvenciones de las microempresas electorales, categorizadas así por Eduardo Pizarro, cuya única función real es la de cazar con dinamita la avidez de avales de figuras con poca experiencia política o de figuras impresentables que tienen que recurrir a éstas, dada la imposibilidad de obtener aval en otros espacios.

Al margen de estas, existen otros partidos minoritarios con una mayor claridad ideológica y organizativa, que incluso se han convertido, gracias a su pasado, en fuerzas políticas subnacionales relevantes. No obstante, la conciencia de la falta de capacidad para superar el umbral los obliga a actuar en coalición. Este es el caso de la coalición incoherente conformada por Nuevo Liberalismo, Mira y Dignidad.

Por separado, cada una de estas fuerzas representa un espectro ideológico coherente; sin embargo, al juntarse –especialmente Mira y Dignidad, que se encuentran en espectros muy lejanos ideológicamente– terminan por generar un híbrido en el que la única posibilidad de alianza es ocultarse ante su electorado y ante la sociedad como un matrimonio forzado. De allí que la disputa por la cabeza de lista haya pasado por la escogencia de una candidatura intrascendente: una figura que no genera debates, que no genera rupturas, pero tampoco genera emociones.

Adle y la pornopolítica

Sobre las cenizas de un voto protesta o antisistémico, construido por el fallecido Rodolfo Hernández, pero trazable hacia expresiones de populismos mediáticos como en los tiempos de las microempresas electorales –lo era Carlos Moreno de Caro–, se construye un grupo heterogéneo, aún amorfo y aún obviado por la literatura en Ciencia Política. Emerge una candidatura de redes, construida con base en la utilización intensa de la inteligencia artificial, el uso legal de los vacíos en cuanto a regulación de propaganda en redes, casas de apuesta, el mercado en línea y, en general, del entorno tecnoeconómico contemporáneo: emerge la candidatura de Abelardo de la Espriella.(Adle)

Este fenómeno, peligroso para nuestra democracia porque traza una ruta hacia la hiperpersonalización –un capricho auspiciado quizás por sectores que prefieren un hombre fuerte en el poder antes que un debate democrático–, es consciente de que sin estructuras no tiene la posibilidad de ganar. Su único impulso es la polémica: en medios, en redes y en cualquier espacio que haga que el voto se analice tanto que arriesgarse a un fenómeno inflado parezca una decisión coherente para el electorado.

De allí que genere, primero, disputas con las derechas tradicionales y con el centro, que si bien en últimas podrían conformarse con una figura de estas –a la que, como en el caso de Rodolfo Hernández, creen que en su ignorancia son capaces de controlar– saben que la tempestad y la fuerza no tienen control, pero que en lo posible evitarán caer en la tentación de dejarse llevar por un fenómeno evidentemente mediático. 

Para la izquierda también resulta un reto: ¿cómo debatir aquello con lo que no es debatible?, ¿cómo debatir un proyecto de país en donde no hay proyecto ni hay país?, ¿cómo dialogar con aquello que no quiere dialogar porque el diálogo no permitiría mantener el espacio inflado? Esta candidatura, sin duda, se convierte en una amenaza real a nuestra democracia, no tanto por la posibilidad de victoria o no, sino porque es una ruta que cada vez se hace más interesante. De allí que, antes de esta candidatura, estuviera el rumor de la fracasada candidatura de Dávila en el ambiente.

Por último, toda lectura sobre el entorno político que hagamos en la contemporaneidad debe pasar primero por una revisión profunda de qué significa ser un país en el entorno geopolítico de los Estados Unidos: cómo hablar de soberanía, cómo hablar de democracia cuando la potencia global, con intereses estratégicos en esta parte del mundo ha decidido determinar cómo política geoestratégica la intervención directa sobre los sistemas políticos de la región. Todo este panorama, todo este debate, está sin una pieza fundamental: ¿qué ocurre en la embajada de los Estados Unidos y en la Secretaría de Estado?, ¿cuál figura de estas que hemos mencionado da más confianza a la administración Trump? Lamentablemente, hemos vuelto a las épocas de los años 1960 y 1970, en donde nuestros procesos políticos no se deciden en Bogotá sino en Washington, o quizás en Miami. Esperemos a ver cuál será la postura de todos estos actores y quiénes serán, al final, leales o no a la construcción de un sistema democrático que ha sido el gran legado de nuestra historia desde el fin de la última dictadura en 1954.

 

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