La prensa anglosajona reseñaba, en julio de 2025, la publicación del libro de Daniel Waldenström –economista del Instituto de Investigación sobre Economía Industrial de Estocolmo (Suecia)–, titulado Ricos y más iguales: una nueva historia de la riqueza en Occidente (Richer and More Equal: A New History of Wealth in the West) en el que, supuestamente, según declaraciones del autor a la prensa, no solamente desmonta el prejuicio de que nos encontramos en una época de desigualdades crecientes, sino que estas no representa en sí ningún problema. Argumentar que vivimos en el mejor de los mundos posibles no es nuevo, y ha tenido adalides como Steve Pinker, que no solamente sostiene que nuestro tiempo es el de “la larga paz”, sino que cita la esperanza de vida y el mayor consumo como “indiscutibles” pruebas de que nos encontramos en una especie de reino de jauja, el famoso e imaginario país de la Cucaña, en el que la vida, llena de ocio, transcurre entre ríos de vino, miel y leche.
La aparición reciente en la academia de un acervo importante de defensores de este tipo de pensamiento dio lugar a que fueran clasificados como los “nuevos optimistas”, pues tienen antecedentes en personajes como Julián Simon y Bjørn Lomborg, cuyas publicaciones en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado inauguraron, en el mundo universitario, la corriente de los negacionistas del cambio climático y que, como defensores acérrimos de la noción de progreso, en todos sus sentidos, hicieron de la defensa del pensar que nos dirigimos, inexorablemente, hacía una “edad de oro” y, en consecuencia, del rechazo a cualquier argumento que sostenga la posibilidad de un empeoramiento de las condiciones actuales, sus frentes de lucha teórica. En el caso del tema de la desigualdad, la defensa de la situación imperante tiene como base el manido argumento de que no hay ningún problema en que pocos tengan mucho, y que lo único que puede considerarse incómodo y a superar es que los que tienen muy poco no logren obtener con que sobrevivir.
Supuestamente, en la actualidad el “éxito” de los pocos significa que con “su” trabajo están produciendo más y mejores bienes con sus respectivos activos de capital. El argumento parte de una falacia de la composición a la inversa, pues si bien es cierto que la riqueza social es el resultado del trabajo, lo es del trabajo de todos, pues considerar en la actualidad que las mercancías son el resultado de la “producción” de un individuo específico, queda anulado por la profundidad de la división del trabajo alcanzada en la modernidad. De otro lado, y quizá lo más importante de los argumentos que buscan justificar y naturalizar las abismales asimetrías del presente, es considerar que la desigualdad es neutra en relación con sus efectos sobre la composición y el tamaño del consumo y, por tanto, sobre las amenazas a la base natural y la salud de las personas.
Son muchas las simplificaciones escondidas detrás de argumentos como los de Waldenström, tal el caso de la respuesta que da cuando le preguntan, por ejemplo, por las explicaciones de la brecha creciente entre los ingresos de los gerentes y los demás trabajadores que pasó “de 21 a uno en 1965; 45 a uno en 1989 y 203 a 1 en 2020”, a lo que responde: “Creo que eso refleja el aumento del tamaño del mercado y está claramente vinculado a la globalización. Esos directores ejecutivos lideran las empresas más grandes que cotizan en bolsa y que operan hoy en mercados mucho más grandes que en los años 90, 70 o 60. Esto significa que, para los propietarios, contratar a la persona equivocada podría costarles millones o miles de millones de dólares. Por eso, están dispuestos a pagar mucho para conseguir a la persona adecuada lo que ha incrementado la compensación que ofrecen para estos cargos. Y fíjese que los propietarios están dispuestos a usar su propio dinero para pagar a estos directores ejecutivos, no se trata de dinero de los contribuyentes.” (https://www.bbc.com/mundo/articles/c98j1zynv5go).
En esta respuesta, expresiones como “estar dispuestos a usar su propio dinero para pagar a estos directores ejecutivos” y yuxtaponerla a “no se trata de dinero de los contribuyentes”, desnuda un argumento falaz, pues los salarios, sean del nivel que sean, son parte de la inversión privada y nada pueden tener que ver con los recursos del Estado, ¿por qué intentar crear, entonces, la sensación de “desprendimiento” de los capitalistas, apuntando que para ese fin no usan el dinero de los contribuyentes sino el suyo propio, en una situación que de darse no sería más que un sinsentido? Lo absurdo de la frase denuncia, claramente, que en la mezcla de categorías como la inversión de los capitalistas con la de los recursos de los contribuyentes, que en este caso no tienen ninguna conexión, hay una mistificación al relacionar los gastos salidos del “bolsillo del empresario” con benevolencia y justicia pues, según el fraudulento argumento, los capitalistas al no usar recursos del Estado para pagar exorbitantes cifras a sus gerentes, hacen un favor a la sociedad. De otro lado, cabe preguntar: ¿acaso los ingenieros, los diseñadores y los obreros, no producen también para ese mercado ampliado que supuestamente da derecho a los enormes ingresos de los dueños del capital y sus gerentes? ¿Por qué no crecen sus remuneraciones de la misma forma?
La desigualdad entre individuos, como es sabido, no queda reducida a la de los ingresos, pues también comprende el patrimonio, que en una proporción nada despreciable es heredado, lo que quita a la meritocracia, como justificación, la mayor parte de su peso. Si miramos las asimetrías entre colectivos, comenzando por los Estados-nación, siguiendo con las regiones, las etnias, los géneros, y las clases sociales, podemos ver que las desigualdades son una condición estructural del capitalismo, y que el abismo creciente no es más que una consecuencia del mayor grado de centralización y concentración del capital, que aumenta con el tamaño de los capitales en juego y con los excedentes generados en la producción.
A las diferencias entre individuos es común añadir la hagiografía como hecho justificador, oscureciendo los marcos histórico, sociológico y espacial, que en la visión sobre los colectivos difícilmente pueden esquivarse, pese a esfuerzos por escamotearlos como los de Daron Acemoğlu y James A. Robinson en su libro Por qué fracasan los países.
Las razones que han definido la estructura jerarquizada del Sistema Mundo, por más que quieran ser ignoradas o veladas nos remiten siempre a los factores del poder, que cuando son dejados de lado hacen flotar en el vacío argumental las explicaciones oficiosas que dan cuenta de las asimetrías, dejándolas convertidas tan sólo en justificación banal. Esto también es válido para los análisis de las diferencias entre individuos, pues su situación no es independiente de la condición de los colectivos a los que pertenecen.
Colonialismo, extractivismo y desigualdades
En el caso específico de los países es claro que su situación, en relación con los demás, es imposible separarla de su posición en la estructura de la correlación de fuerzas del conjunto y, en ese sentido, es inseparable de las lógicas del poder, cuya construcción no es un asunto coyuntural. Para citar un ejemplo, miremos el caso de como China, que fue la primera economía del mundo desde el siglo X, perdió su primacía mundial en la tercera década de siglo XIX hasta el punto de ser convertida en una nación marginal durante ciento cincuenta años, luego de perder la primera Guerra del Opio con Inglaterra (1839-1842). Como efecto de la derrota, los chinos fueron obligados a abrir sus puertos al comercio de la droga que dio nombre a la agresión armada, pues los ingleses consideraron al opio como la única mercancía que podía equilibrar su desbalance comercial con el gigante asiático, iniciando una fase de subordinación que terminaría por convertir al país en una nación fallida.
Con la segunda guerra del opio (1856-1860), los ingleses completaron los lazos de sometimiento y obligaron a China al pago de indemnizaciones y cesión de territorios. El escenario debilitante fue completado con la ocupación de parte de su espacio por tropas japonesas con una primera invasión entre 1894 y1895 y, posteriormente, una segunda entre 1937 y 1945, llevando a China a situaciones de extrema penuria que tuvieron como resultado, incluso, períodos de hambruna. Mike Davis señala en su obra Los holocaustos de la era victoriana tardía que entre 1876 y 1879 el número de muertos por hambre ha sido estimado en un rango que va de un mínimo de 19,5 millones hasta los 30 millones de personas. ¿La situación de la población china respecto del centro del mundo occidental de la época, puede considerarse independiente de ese proceso de coloniaje que también incluye ataques de los portugueses?
¿Las desigualdades de un chino promedio de la segunda mitad de los setenta del siglo XIX respecto de un inglés de esa época puede explicarse sin el marco histórico referido? Atribuir la desigualdad de individuos de diferentes países no tiene sentido sin mirar el contexto, como tampoco lo tiene mirar las diferencias al interior de un mismo país sin observar la geografía, la clase social y la etnia, por lo que argumentos como los de Waldenström, sin precisar el tipo de desigualdades de las que habla, lo que buscan es simplificar para velar.
Un caso que ilustra el efecto de largo plazo de las estructuras de poder en las desigualdades entre naciones y, por tanto, entre individuos de diferentes países, es el caso de Haití, la primera nación en declarar su independencia al sur del Río Bravo en 1804, que le valió que Francia en 1825 bloqueara a esa nación caribeña, su ex-colonia, y le exigiera como indemnización por haberle arrancado sus privilegios de colonizador, un pago de 150 millones de francos que redujo por presiones de otras potencias a 90 millones, y cuyos intereses fueron acabados de pagar en 1947. El pago de esa deuda durante 122 años es la principal causa para que Haití sea en la actualidad el país más pobre de América Latina y el Caribe con un PIB per cápita de 829 dólares mientras que Francia, su ofensor, que reconoció el abuso, pero no lo subsanó, tiene un PIB per cápita 56 veces mayor. Mientras la esperanza de vida en Haití está entre 63 y 65 años, en Francia tiene un rango que va de 80 a 85 años. La mortalidad infantil en Haití es de 40 a 45 muertos por cada mil nacidos vivos, mientras que en Francia esa cifra es de 4 muertos por cada mil nacidos vivos. ¿La desigualdad es neutra como argumentan textos como los de Waldenström? ¿Es independiente, en los casos señalados como ejemplo, de la relación colonizadores-colonizados? ¿No es el coloniaje, acaso, la base estructural de la organización política y espacial del capitalismo?
La mortalidad infantil en la Guajira colombiana, para hablar de diferencias regionales al interior de un país, es de 60 muertes por cada mil nacidos, mientras que en Bogotá, la capital, es de 8 por cada mil nacidos. Aunque en esta última ciudad no es lo mismo haber visto la luz por primera vez en la localidad de Barrios Unidos que comprende barrios como Chicó-Lago, Santa Bárbara y la Alhambra con 4,5 muertes por cada mil nacidos, que en Ciudad Bolívar con 11. El desarrollo desigual, cuando observamos la ocupación humana del espacio, es una manifestación de la estructura piramidal del capital, con unos pocos en la cima y una multitud marginal en la base que no es otra cosa que el resultado de un sistema que tiene en la explotación de individuos y territorios el mecanismo central de su funcionamiento.
Autores como Immanuel Wallerstein, Alan Lipietz o Neil Smith entre otros, han documentado y analizado con los conceptos de centro y periferia ese hecho estructural del capitalismo, que los teóricos del dependentismo plantearon en la segunda mitad del siglo XX, y que ignoran quienes buscan naturalizar el fenómeno de la desigualdad reduciéndolo a un asunto de méritos. La división espacial del trabajo marca unos territorios que quedan reducidos desde el principio del capitalismo a simples proveedores de materias primas o a la elaboración de productos de baja complejidad tecnológica, lo que no es un asunto de “capacidades” sino de poder. Ignorar el marco histórico y geográfico de las desigualdades, o velarlos es una forma de encubrimiento de sus causas.
Según la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres en el mundo perciben el 52 por ciento de los ingresos que perciben los hombres, en otra manifestación de desigualdad que nada tiene que ver con la meritocracia, como tampoco que en los Estados Unidos, una sociedad profundamente segregada y racializada, las asimetrías sean tan marcadas entre grupos étnicos. El patrimonio neto de los individuos blancos, según el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, supera en ese país en 30 por ciento al de los individuos afroamericanos y en 9 por ciento al de los de origen hispano. La expectativa de vida de la población afroestadounidense está en un rango de 70-79 años mientras que la de la llamada población blanca es de 75-86 años. Estos hechos, conocidos y aceptados en diferentes espacios, incluso el de los poderes oficiales, son tinturados con explicaciones en las que los factores del poder son dejados de lado para evitar que las verdaderas razones de la desigualdad y sus consecuencias sean enfrentadas.
La desigualdad amenaza la vida
Entre los datos más citados de la desigualdad, es comúnmente señalado el hecho que el uno por ciento de la población (82 millones de personas) posee una cifra cercana al 40 por ciento de la riqueza, que es el equivalente a lo que poseen 7.380 millones de personas que suman el 90 por ciento de quienes tienen menos o ningún patrimonio. Si extendemos el uno por ciento hasta el 10 por ciento, ese decil concentra el 75 por ciento del total de dicha riqueza, y las consecuencias de esto están lejos de ser neutras. Según la organización Foro Nuclear, los Estados Unidos consume cerca del 16 por ciento del total de la energía primaria obtenida en el mundo y suma tan soló el 4 por ciento de la población mundial, superando en el consumo per cápita 2,23 veces el de China, el mayor consumidor de energía en valores absolutos, pues cuenta con cerca de 1.400 millones de personas.
El promedio de consumo directo de agua por persona día de un estadounidense es de 575 litros, frente al promedio mundial de 142 litros y al de algunos países de África como Nigeria que es poco más de 10 litros. Que deberíamos disponer de entre 4,8 y 5,1 planetas si todos los habitantes de la tierra tuvieran un consumo análogo al de los norteamericanos, es más que una frase de cajón y refleja que la desigualdad no solamente carece de inocencia sino que es peligrosa. Si con las cantidades consumidas actualmente, la vida como la conocemos está amenazada, seguir afirmando que el futuro depende de acelerar el crecimiento material es invitar a la autoliquidación de la especie. Obligar al decrecimiento del consumo de los poderosos es un acto de legítima defensa.
En la publicación de Oxfam Saqueo climático: una poderosa minoría nos aboca al desastre, puede observarse cómo el aumento de la concentración y centralización del capital ha estado acompañada de un incremento de la contaminación provocada por la cúpula de la élite. Según ese informe, los individuos que conforman el 0,1 por ciento de la población con mayor riqueza aumentaron las emisiones de CO2 en 3 toneladas por persona y año en el período 1990-2023, mientras que en el mismo intervalo el aumento debido a la población más pobre fue de 3 kilogramos por persona y año. Las emisiones diarias de uno de los milmillonarios equivale a las de un año de una persona que esté en el 50 por ciento más pobre.
El 86 por ciento de quienes conforman la cúpula del 0,1 por ciento vive en los países del norte global y genera el 6 por ciento del total de contaminantes, mostrándose claramente que la desigualdad entre naciones condiciona la desigualdad entre individuos y que no pueden ser tratadas por separado en el estudio de sus causas. Puede afirmarse, sin lugar a equívocos, que la desigualdad mata, porque como muestra el estudio de Oxfam, el tamaño de las emisiones del uno por ciento más rico provocará 1,3 millones de muertes en lo que queda del siglo, siendo las mujeres y las minorías racializadas las más vulnerables.
El gasto de combustible en aviones privados y yates de un miembro de la élite genera más contaminación que la provocada por un individuo promedio en toda su vida. ¿Puede, entonces, afirmarse como lo hace Waldenström que “Si queremos igualdad, deberíamos centrarnos en cómo impulsar a los de abajo, y no en desestabilizar a los de arriba”? Si eso significa que debemos buscar imitar los modelos de consumo de los de “arriba”, la vida como la conocemos queda en altísimo riesgo de desaparecer. Las desigualdades son un problema serio asociado no sólo con el derecho a la vida de las generaciones presentes, si tenemos en cuenta que hoy tiene amenazados a los 673 millones de personas que según la Organización Mundial de la Salud padecen hambre, así como a los 2.300 millones con inseguridad alimentaria, sino que también amenaza la vida de las generaciones futuras por el deterioro de las condiciones de la naturaleza derivadas de la contaminación debida al sobre-consumo.
No queda duda que la ofensiva de la derecha radicalizada que dice combatir la ideología de género para disimular su sexismo, que niega el calentamiento global, y que con su defensa abierta del racismo al proclamar desvergonzadamente el supremacismo blanco, está en la búsqueda de reconstruir cultural e ideológicamente sociedades abiertamente jerarquizadas, en las que la sumisión de las clases subordinadas las lleven de regreso a sociedades de tipo servil donde las clases trabajadoras ocuparían, incluso en el sistema legal, escalones inferiores de humanidad. La situación de los migrantes en los centros más grandes del capitalismo no son un simple síntoma, son ya una realidad de la deshumanización institucional de los más vulnerables.
Los actores políticos grotescos que exhiben con desfachatez sexismo, racismo y clasismo, actúan sobre la base de la impunidad que permite hoy el olvido fácil por la superposición continúa de lo escandaloso que al ser rápidamente remplazado lo banaliza y lo vela, dando lugar a que lo peligroso de los mecanismos de control y subordinación en marcha no sean percibidos. Hecho reforzado en la academia por autores como los “nuevos optimistas” que en arrebatos de “realismo” simplifican para justificar, sirviendo de estribo a las políticas regresivas que ya han empezado a ponerse en marcha.
No podemos dar lugar a la impotencia y a creer que en el corto y mediano plazo no hay nada que hacer, todo lo contrario, la presión sobre los poderes debe ser masiva y permanente. Los sectores populares no deben dar descanso a la calle.





