La paz total en Colombia: entre la ambición política y la realidad del territorio El informante

Por: David Ríos

La propuesta de “paz total” impulsada por el gobierno colombiano representa uno de los intentos más ambiciosos por cerrar definitivamente décadas de conflicto armado. La idea de negociar de manera simultánea con grupos guerrilleros, bandas criminales y estructuras del narcotráfico refleja una comprensión amplia del problema de la violencia. Sin embargo, la distancia entre el discurso oficial y la realidad en los territorios plantea serias dudas sobre su viabilidad.

Colombia no enfrenta un solo conflicto, sino múltiples violencias superpuestas. En regiones como el Cauca, el Catatumbo o el Chocó, la ausencia histórica del Estado ha permitido que actores armados impongan su propia ley. Allí, los anuncios de ceses al fuego no siempre se traducen en una reducción real de homicidios, desplazamientos o extorsiones. Por el contrario, en algunos casos se percibe un reacomodamiento de los grupos ilegales para fortalecer su control social y económico.

El problema central de la paz total es que no basta con sentarse a negociar. La experiencia del Acuerdo de Paz de 2016 con las FARC dejó lecciones claras: sin implementación efectiva, sin inversión social y sin garantías de seguridad, cualquier acuerdo queda incompleto. Hoy, muchos excombatientes siguen siendo asesinados y las comunidades continúan atrapadas entre actores armados que disputan economías ilegales.

Además, la negociación con bandas criminales plantea dilemas éticos y jurídicos. ¿Hasta qué punto el Estado puede ofrecer beneficios a estructuras cuyo interés no es político sino puramente económico? El riesgo de enviar un mensaje equivocado —que delinquir paga— no es menor y puede debilitar la confianza ciudadana en las instituciones.

La paz total necesita algo más que voluntad política. Requiere una presencia integral del Estado, fortalecimiento de la justicia, oportunidades económicas reales y una política de seguridad que proteja a la población civil. Sin estos elementos, la paz corre el riesgo de convertirse en una promesa que, una vez más, no logra transformar la vida cotidiana de los colombianos.

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