No hay nada mejor que mirar la realidad de frente, sin giros ni coartadas, ver cara a cara al monstruo que decide los caminos del movimiento desde abajo y los pueblos dispuestos a resistir.
Si lo hacemos, concluimos que el imperio se comporta de manera muy similar a un narcotraficante: amenaza, compra, ataca cobardemente para apropiarse de los bienes colectivos de las comunidades y los pueblos. Por eso el narcocapitalismo o capitalismo criminal, que ya es sinónimo, debe entenderse de manera integral, sin separar aspectos distintos.
Lo ocurrido con el ataque a Venezuela es un punto de inflexión que va más allá de la administración Trump, ya que el imperio ha decidido emprender un camino de dominio absoluto sobre nuestra región, para tratar de contener su irresistible decadencia con la esperanza de enfrentar a China desde Occidente bajo su control.
Pero lo central, desde mi punto de vista, es cómo la nueva realidad afecta a los movimientos y a las personas, qué podemos esperar de ahora en adelante y cómo podemos actuar para limitar el daño, para sobrevivir colectivamente al enemigo, el capitalismo, que busca destruirnos para conquistar los bienes comunes. El genocidio palestino es un espejo en el que nos miramos a nosotros mismos, lo que nos permite comprender los objetivos del sistema.
La primera pregunta es que Trump no está loco. Representa los intereses de las grandes empresas y del Estado, y el grupo gobernante tiene la única estrategia sensata para la supervivencia del imperio: no luchar directamente contra China y Rusia, dejarles controlar Asia y Eurasia y centrarse en controlar Occidente y, sobre todo, su propio patio trasero. Desde allí esperan resistir el ascenso de China, controlando el petróleo y el petrodólar, las tierras raras y los minerales de nuestro continente.
Quienquiera que venga después de Trump, esta política, establecida en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional, no cambiará.
La segunda es que para los movimientos y las personas el desafío es enorme, de tal magnitud que no estamos en condiciones de dar marcha atrás o detenernos en el corto y mediano plazo. Esta es la tormenta que el EZLN viene anunciando al menos desde 2015, cuando se realizó el seminario “Pensamiento crítico ante la hidra capitalista”.
Las guerras por la hegemonía mundial son el eje central de la tormenta, a lo que hay que sumar la crisis ecológica y el caos que, juntos, destruirán a buena parte de la humanidad. El primer deber que tenemos es entender que estamos en la primera fase de esta catástrofe, cuyo comienzo podemos situar en Gaza, y ahora en Venezuela, sabiendo que el imperio tiene en la mira a Colombia, Cuba y México, pero también a Groenlandia, como se desprende de las últimas declaraciones de Trump.
La tercera es lo que haremos ahora que sabemos que no hay legalidad internacional, que organizaciones como las Naciones Unidas se han vuelto irrelevantes y que sólo cuenta la fuerza militar, la fuerza bruta, como ocurrió en las guerras coloniales y en las dos guerras mundiales. Si queremos verlo desde el otro lado, decimos que estamos en medio de una transición hegemónica y que en la historia transiciones de este tipo han implicado guerras enormes. Sólo en la Segunda Guerra Mundial, el número de muertos alcanzó los 100 millones de personas.
Ahora la catástrofe humana será mucho mayor, porque las armas se han perfeccionado y ahora hay nueve países que tienen armas nucleares, que están dispuestos a utilizarlas. Además, ¿cuántas vidas se cobrarán los desastres climáticos y la migración?
Creo que la lección básica de la historia es que si no nos organizamos, desapareceremos como personas y como naciones. Si estamos organizados, tenemos una oportunidad de sobrevivir y, aunque no se puede garantizar, es ciertamente la única oportunidad seria que tenemos. Esto implica la existencia de albergues colectivos, cajas registradoras colectivas y autónomas, capaces de garantizar agua, alimentos, seguridad y salud de las personas.
Otro problema es que el futuro depende sólo de nosotros. Nadie nos salvará. Por eso, tenemos que exhibir nuestro cuerpo, no porque queramos exponernos, sino porque no queda otra opción. Esto le hicieron los pueblos de Vietnam, Argelia y Cuba, entre otros. Para expulsar a los yanquis, los vietnamitas pagaron alrededor de 3 millones de vidas, en un país que contaba entonces con 32 millones de habitantes. Medio millón de argelinos cayeron en la guerra de liberación nacional, de los 10 millones que habitaban el país.
No pretendo defender a la víctima; menos aún la muerte. Paralelamente, la guerra popular y de largo plazo ya no funciona, ni ética, ni política, ni militarmente. Una afirmación que merece un amplio debate.
Sólo quiero decir que tenemos que estar organizados. Que la tormenta en curso apenas comienza y que lo más doloroso y sangriento está por llegar. Está en juego algo tan grave como la supervivencia colectiva. No se juega con la vida. No debemos jugar con la guerra.





